Un Dybbuk y Iron Maiden

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Un Dybbuk

Nieva. Rivke abre la puerta, saca la cabeza y voltea a ambos lados. No hay nadie. Jaim Yosef le pregunta desde la sala que quién es. Ninguna respuesta. Rivke regresa a la sala con toda intención de contarle a Jaim Yosef cuando vuelven a tocar a la puerta. Rivke voltea. Un Dybbuk. Si tan solo Rivke supiera lo que hay debajo de su casa.


Cara-2

Iron Maiden

Nací el 27 de Noviembre de 1992 a las 9:28 PM  en la Ciudad de México con un lunar en la espalda que parece el mapa del Distrito Federal. Esta fecha, hora y ubicación geográfica implican que soy Sagitario con ascendente Cancer. Nómada hipersentimental. Mis padres dicen no creer en la astrología, pero apuntaron la hora exacta de mi nacimiento para hacer mi carta astral. Vivir en México de inmediato presenta problemas de identidad, pero aún más lo es ser mexicano dentro de una minoría caucásica. Hay algo perverso en mantener un color de piel que no va con este país de mestizaje. Todos mis abuelos imigraron de lo que entonces era ese enorme territorio congelado que llamaban la Unión Soviética. Es probable que nunca se hayan enterado de en qué país vivían, entre el tratado de Versalles, París-Brest, y la Revolución Rusa, sus pueblos cambiaron de nacionalidad varias veces. En México no hablaban el lenguaje, sino su propio dialecto del alemán, no vivían en ciudades ni pueblos sino en shtetls segregados.

 

Los bisabuelos llegaron en los años veintes a México. Nadie sabía hablar español ni podían ubicar muy bien este desierto tropical en un mapa del mundo. Sabían que estaban en un territorio directamente al sur de Estados Unidos que —como todo el continente Americano— representaba oportunidad. Y tres generaciones después aparezco. Yo, señores, soy del Hospital ABC rumbo metro observatorio. No recuerdo mi vida en el D.F. cuando niño. A mis tres años, después del estrés del cáncer de mi mamá, nos mudamos a Monterrey que hasta donde yo sé podría ser la Unión Soviética. Esta ciudad norteña cuenta con su propio shtetl de judíos segregados, con su propio acento, sus propios lugares que frecuentan, y su propia manera de moverse por la vida. En realidad era como vivir fuera de la ciudad, vivir en una burbuja dentro de la burbuja, e incluso dentro de la diminuta comunidad había grupos y partidos. En Monterrey me quitaron un lunar por miedo a un cáncer cutáneo. Me quitaron el DF que traía en la espalda.

 

Y tal vez me quitaron también cierto arraigamiento al pasado. Me quitaron las ganas de estar pensando en las sobredosis de atención de ser un hijo único hasta los cinco. Igual que se puede provocar culpa, esta se puede sentir. Y la solución fue emigrar al ghetto voluntario de la comunidad judía de Monterrey.

 

Por antisocial y apartidista, por diferente y raro, no entré en ninguna de las esferas de esta comunidad. Crecí sin muchos amigos y con unas ganas increíbles de salir de esta ciudad. En cuanto terminé con la escuela judía y entré a la prepa todo cambió. Se manifestó un grupo de gente a la que le interesaba el arte, la literatura, el cine; y no sólo futbol, chelas, y nalgas. Saltando de un interés a otro, de una obsesión a otra llegué a dar con gente que aparte de ser regiomontana tenía intereses similares a los míos. Es aquí donde decidiría tatuarme una rayuela varios años después. Es aquí donde me doy cuenta que como los libros hay gente que te deja marcas.

 

Estos años representaron la ilusión y desilusión total para mí. Entendí estos dos conceptos a base de victorias y chingadazos. Por fin uno tiene amigos. Por fin esos amigos lo decepcionan. Ahí fue donde ví a las mentes más brillantes de mi generación destruidas por la locura, muriendo de hambre en su histeria desnuda. Pero por lo menos ví a las mentes más brillantes. Aún adoro a muchos de ellos. A los que no abandonaron. A los que no se suicidaron o huyeron del país como yo.

 

Huyo de Monterrey el día después de mi graduación de prepa. Con rencor por la ciudad conservadora y contenida me voy al Medio Oriente. Palestina, Israel, Turquía y Jordania me hacen comprender un amor profundo por México que no conocía en mi. Dibujo una serie de aventuras gastronómicas, comer Maqluba en casa de los Barakat, hacer varias paradas de çay en callejones de Beyoglu, comprar q’nafe por kilo en Ammán. Pero nada se compara con una quesadilla de flor de calabaza recién hecha. En mi añoranza por enmoladas y esquites comprendo a México como un ente ridículo que se pone todas las trabas para caerse pero por algún milagro de la tierra sigue en pie. Como milpa, el país. En simbiosis inexplicable.

 

Extrañaba Méxiquito desde lejos, pero no me atrevía a volver. Tenía un miedo insoportable de llegar al escenario donde empezó todo. Por fin, viajando, había encontrado quién era. Había desarrollado una versión de mi mismo que me agradaba y con la que quería convivir. En Mexiquito me esperaba la vida familiar. Dos hermanos, mis abuelos con delirio de persecución, y cenas los viernes por la noche. Seguí viajando.

 

Es difícil hablar de la gente que he encontrado en mis viajes o que me ha encontrado a mí. Pensar en el cariño pasivo agresivo de Elisa en los fines de semana en los que tomábamos el autobús para comer pan francés en Ben Ami.  En su cuerpo de bailarina sexualizado por una exageración de su femeninidad. O pensar en Elías esos mismos días, con su discurso palestino militante y lo triangular y sumamente sensual de su quijada que terminaba en una barbilla diminuta y partida. Pensar en Mariana que esperaba en Monterrey, grabando CDs y luego grabando música nueva sobre ellos. O en Gil que era el gringo perfecto, con su voz que cambiaba un poquito después de reirse como idiota y se había leído toda la ficción de Borges.

 

Gil fue parte de ese año obscuro y nevado que pasé estudiando en Boston, Massachusetts. Esa ciudad tan  fría con gente tan fría y calles resbalosas. Esa ciudad que me recuerda a un sistema educativo verdaderamente jodido y que extraño un chingo y que odio un chingo. En Boston tenía esa rara necesidad de ser un académico, de escribir ensayos para journals especializados: hacer etnografías y pasarmela en un escritorio investigando la historia del arte. Gracias a Boston me doy cuenta de la contención y la resolución de mi necesidad creativa, de un hartazgo necesario para dejar atrás la “Antropología” y la “Historia del Harte”, por perseguir una expresión a través de la comida, de la escritura, la creación. Que en realidad son todos lo mismo, una receta de mole negro y una novela de Fuentes y una fotografía de Anthony Goicolea y una pieza de Marina.

 

Boston para mí termina como suelen terminar todas mis estancias, con una depresión terrible que resuelvo transplantándome geográficamente. Así terminé con Monterrey la primera vez, con el Medio Oriente, y con mis viajes. Dejo Boston atrás por perseguir en Monterrey un sueño estúpido de ser panadero, de ser chef, de tratar de funcionar en un sistema laboral en el que nomás no entro, y mejor Chippendale y un cigarrito.

 

Estar de vuelta en mi ciudad norteña era difícil. Después de perder varios trabajos importantes por diferencias teológicas me harté. No eran diferencias teológicas. Bueno. Sí. Me mandaron a volar por no creer en dios. Me harté. Monterrey retrograda, Monterrey de mis amores, el de cerros y trece lunas y cabritos que giran en sus asadores, ya no pude contigo.

 

En fin, el mole, y el libro, la fotografía y la pieza de Marina, todos son lo mismo. Pero sólo en la Ciudad de México pude entender eso. Llego con instrucciones: una copia de La región más transparente, un trabajo en un restaurante sucio e imprudente en la Condesa, y muy malas relaciones con la familia. Llego a trabajar con chocolateros y con restauranteros y con otra gente que me hace ver que el futuro de la comida en México es un juego, es la danza de los millones y vamos a envenenar a la gente, y para qué pensar en el país, si solamente somos…

 

Entonces esta ciudad se vuelve como la Iron Maiden: agradable y acogedora pero en cuanto te mueves un centímetro ya te llenaste de heridas. Hay un puesto de quesadillas a la vuelta de mi casa pero yo extraño los tlacoyos de la colonia obrera. Hay una pulquería en la Doctores que me fascina pero en mi cuadra solo un bar de mixología. Espero que no haya malentendidos. A mi me encanta la cocina interesante y esta onda de fusión y de experimentación, pero lo que en realidad quiero es llegar a mi casa y que haya tortillas y frijolitos recién hechos, salsa de molcajete y jamaica.
A lo mejor no me merezco ninguna de estas cosas. En mi sangre corre el gefulte kraut, karteflane klishkes, brust, y cholent, no las gorditas, nopalitos, y flautas. Mi identidad nunca me ha apremiado con una mesa navideña de romeritos, bacalao, y pavo. Por eso me encanta comer latkes con salsa verde, hiner zup con ketchup, blintzes de queso chihuahua. Porque me recuerda al trayecto de D.F. a Monterrey, me recuerda al shtetl norteño y a mis ganas de salir de ahí. Llegar a casa de mi abuela y encontrar una menorah a lado de un plato de talavera. Al medio oriente y a la gente hermosa que encontré ahí. A los trabajos que me negaron por no creer en dios y a los que me dieron por no creer en dios. Como mi propia madeleine con té, la comida judía con salsa verde me recuerda, y la recuerdo yo a ella.

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Restaurar Fotos Viejas

Para restaurar fotos viejas comenzamos por volver a balancear sus colores, contraste, niveles, etc. En la mayoría de los casos lo que había que corregir era la exposición y balancear colores. Siempre al final acabábamos con un photo filter para homogeneizar los cambios. Restauramos tres fotos de nuestra infancia tomadas con cámaras análogas:

Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 08.29.13 Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 08.29.05 Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 08.28.38

Eartha busca high tops o La verdad sobre mi colección de maletas antiguas

Hay algo horrendo y hermoso sobre el concepto de amistad. Es esta falacia de eternidad que nos vendemos a nosotros mismos para engañarnos sobre lo efímero que es todo. Disfrutas el momento porque crees que se repetirá montones de veces. Ahí estás chingandole duro para afianzar una relación con alguien pero luego luego viene Eartha Kitt. ¿Por qué debería YO de comprometerme? Cree ella que no hay nada en el mundo más hermoso que enamorarse. Y entonces entra la orquesta y otra vez todo se va al carajo. Yo no quiero comprometer pero espero un compromiso estricto de los demás y sin chippendale y un cigarrito. Hay algo en pensar y creer que debemos ser correspondidos. Esa soberbia cegadora que dice ego ego ego y que no me deja ver ni siquiera la comida que preparamos en supuesta amistad.

nachos con queso

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Imagina enamorarte de una persona que no conoces. Es un ejercicio posmodernista de lo que hace Truffaut en “Jules et Jim”: una pareja que nunca se conoció y tuvo toda su relación a través de cartas. Aquí la diferencia es que la otra persona no sabe que existes, y si lo sabe, no sabe que tú sabes de su existencia, y que lo acosas. Que lo miras cual Axolotl en fotos online, investigas de su vida, lo imaginas. Imagina que retuerces una palanca en tu esternón y resulta que ya estás viendo a una persona increíble, que te conflictúa porque la crees increíble pero aún no la conoces.

Imagina otra cosa, contraria casi. Imagina enamorarte de la identidad de una persona en internet pero no sentirte atraído en la vida real. Imagina la tensión sexual entre tú y su perfil de Facebook, la cual no existe cuando se ven en persona. Fantaseas con las fotos y los comentarios en redes sociales pero en cuanto lo ves en la vida real te causa vómito. Y vomitas un animal pequeño y cubierto de baba que huye al horizonte.

como si

Hay algo absurdo y hermoso a la vez sobre sentirse tan solo, como si fuera congruente el querer vomitar y llamar a alguien por teléfono a la vez.

principe encantador

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El príncipe encantador se pisó un piercing que se infectó. Tiene siete tatuajes en los brazos y otros que no se ven. La verdad no me importa que escuche a Megadeth y Nina Simone en la misma taza de café. Por cierto, es su quinta taza de café del día y sacó su tabaco para hacerse un cigarro. No se ha lavado el pelo en tres semanas pero como ya le llega a los hombros ni se nota. Sus padres le regalan un auto y los manda a la verga, no le interesa su puesto en la realeza y mejor se va a draga shows y a la biblioteca. Los últimos dos meses termino seis novelas y está leyendo un libro de filosofía que se robó de una cadena de librerías. Antes de salir cambia una imagen en el collage de su puerta y arregla la chamarra de cuero que personalizó.

El príncipe no tiene principios, pero sabe que odia a los corporativos y el chicle. Le encanta el chocolate y junto con el vino le parece un bien necesario para soportar al mundo. También tiene muebles de madera clara y las paredes saturadas de imágenes. Guarda objetos por valor sentimental y colecciona de todo. A parte le interesa mucho que tipo de ropa interior se pone y no le gusta tener que escoger ropa un día antes, él tiene que ponerse lo que se sienta correcto para ese día en especial. Se acaba la taza de café y el disco de Megadeth y cuando se dispone a salir se acuerda que necesita unos minutos para él mismo, entonces se acuesta a leer a Platón y luego a Sontag, luego un libro sobre performance y otro sobre astrología. Ya se dispone a salir cuando se da cuenta que no ha leído nada de ficción, entonces saca un Kundera, un Fuentes que esconde abajo de la cama, un Murakami que guarda para los días de depresión y uno de cuentos cortos porque si no son muchas novelas.

Cuando termina con todo esto se da cuenta que lleva tres días en la cama. Se dispone a hacer un proyecto de fotografía, a dibujar, y a terminar su carrera. A parte empieza a investigar sobre Bowery y sobre Laura Aguilar y sobre un extraño fetiche con pies deformados de una tribu de África Oriental. Eso es lo que hace encantador al Príncipe.

Weather report

Clase

Conseguí contacto humano. Verdadero contacto casual con un ser humano. Platicar con alguien sin buscar nada más allá del placer de charlar, intercambiar lineas sobre bandas y música y prometerse un tiempo de tomar al otro en cuenta y reconocerlo como humano. Ahí, hito. En una relación capitalista de cliente-vendedor, con ganas de no cagarla y teniendo en mente que lo que me gusta es el rock y el punk y el jazz y el blues. Y me dice Weather Report, y Afgan Wigs, y algo ue empieza como Pharaoh Kings y luego es Pharaoh Knights y luego es Pharaoh Soldiers pero que en realidad siempre fe Pharaoh Saunders. En realidad siempre fue. Existe. Es. Esta es la que siempre es. Y por eso me da risa que haya conseguido contacto humano, boletos gratis para un concierto, y dos lágrimas falsas.

la invariable soledad de hoy

Art Gulag Detail

Si. Admitiré tres palabras: SER, ESTAR, TENER.

¿Será algo característico a esta ciudad? ¿O a este mundo? ¿Esta época?

Cuando eres corazón e instinto, los templos son aeropuertos, los museos iglesias, los cafés y restaurantes mezquitas, las sinagogas son el metro. Es difícil quedarse en un solo lugar. Quedarse sin actuar, sin estar constantemente proyectando. Hay algo hermoso en saber absorber la misma cantidad de energía que se envía a otros. Pero el más mínimo desbalance resulta en clamor, en pequeños instrumentos de percusión bajo mi cama, tocando a Wagner, como si les hubiera dado cuerda meses atrás y apenas comienzan un retumbo que me amarra a la cama, que me quita de todas mis ideas y mi ropa y mis órganos internos y me deja como un saco de carne que adentro lleva solo huesos y un enorme corazón que lo que quiere es ir al aeropuerto, al museo, al restaurant, al metro.

Me gusta pensar en el Arte Contemporáneo como ese espacio común para las soledades. Nunca más confiero con otra persona que cuando veo a Cy Twombly de cerca, a Rothko de lejos, cuando me paro frente a un diminuto Ron Mueck o una impresión enorme de un Yasumasa Morimura. La verdad, he aprendido a la soledad sin compañía: bailando en un lugar ruidoso lleno de sudor y más soledades sin conexión, moviéndome en un autobús repleto, cojiendo con desconocidos, viendo los perros en el parque. Algo sobre el 2014 me hace sentir solo en un mundo de soledades y la premisa básica es que no estar solo sería estar en el siglo pasado. Sería anticuado y retrograda.
Aquel que no está solo hoy en día está en una nube de engaños. Está solo sin darse cuenta.
Y envidio a esa gente.

kaboom

PD. Me encanta la anarquía pero no creo en ella.